14 de marzo de 2025 Equipo técnico de BerryBio Iberia

Arándano y pH: el equilibrio que condiciona todo el microbioma

El arándano se cultiva en un rango estrecho de acidez, entre 4,5 y 5,5, y esa cifra se repite tanto en manuales que a veces se aplica sin pensar en lo que ocurre debajo del suelo. La planta tolera mal la caliza activa, pero también responde mal a las correcciones agresivas. En parcelas de la provincia de Huelva hemos visto acidificaciones con azufre elemental a dosis altas que dejaron el pH en el rango correcto en pocas semanas y, aun así, el arándano amarilleó durante toda la primavera. El problema no era el pH final, sino la velocidad a la que se llegó a él.

Cuando el pH cae de golpe, la comunidad microbiana de la rizosfera se desorganiza. Las micorrizas ericoides, que en arándano son el socio principal para absorber hierro y manganeso, tardan entre cuatro y ocho semanas en recolonizar las raíces finas. En ese intervalo la planta puede mostrar clorosis intercostal aunque el suelo tenga hierro disponible, porque el sistema de captación simbiótico está desmantelado. Es un bloqueo fisiológico, no una carencia real, y suele confundirse con ella.

La corrección sensata se reparte en dos o tres aplicaciones espaciadas, con al menos tres semanas entre ellas y con riegos intermedios que permitan al azufre oxidarse de forma gradual. Antes de empezar conviene medir pH en pasta saturada, conductividad eléctrica, materia orgánica oxidable y, si es posible, una estimación de biomasa microbiana o de colonización micorrícica. Sin esos datos de partida, cualquier ajuste se hace a ciegas.

El azufre elemental funciona bien cuando hay humedad y temperatura suficientes para que las bacterias oxidantes lo transformen. En suelos arenosos del Andévalo, con poca capacidad tampón, la reacción puede ser más rápida de lo previsto y conviene fraccionar más. En cambio, en suelos con materia orgánica estabilizada por encima del 2%, el pH baja más despacio pero se mantiene más estable, y la comunidad microbiana se recupera antes entre aplicaciones.

Los ácidos fuertes aplicados por fertirriego acidifican la solución del suelo durante horas o días, pero no modifican la reserva de acidez del perfil. Sirven para corregir un agua de riego alcalina, no para cambiar el pH del horizonte radical. Confundir las dos cosas lleva a repetir tratamientos que no resuelven nada y a acumular sales en la zona de raíces.

Después de cada aplicación merece la pena volver a muestrear. Un pH que se ha movido dos décimas en tres semanas es una señal razonable; un salto de una unidad en diez días indica que el suelo ha recibido más de lo que podía procesar. En ese caso, la prioridad no es seguir acidificando, sino aportar materia orgánica estabilizada y dar tiempo a que la microbiota se recomponga.

La materia orgánica bien humificada amortigua los cambios bruscos, sostiene a los hongos ericoides y mejora la disponibilidad de micronutrientes sin forzar el pH. Es más lenta que una enmienda ácida puntual, pero deja el sistema en mejor posición para la siguiente campaña. En arándano, la prisa suele salir cara.

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